Las rocas son tan duras y mientras más grandes más pesadas. A veces sueles ser esa roca pesada a la que yo intento levantar. Me sale una hernia en la espalda por el esfuerzo. De repente te levantas tu solo, aún siendo una roca, y me dices: -Aquí estoy, para ti.
Me emocionan esos arrebatos de felicidad, pero son efímeros. Te vuelves a hacer roca otra vez y te quedas en un arroyo mientras la clara agua te moja un poco. Dejas que pase sobre ti y no te importa porque eres una roca.
Más tarde, al llegar la madrugada te transformas en un ave y vuelas hasta mi ventana para verme dormir. Me ves a través del sucio cristal y mi súbito despertar te convierte nuevamente en roca. Entonces caes como un guijarro iluminado por la luna sobre el espinal que sube por mi tapia. Te lastimas mucho porque a pesar de tu corteza de piedra hay un corazón que late dentro.
Me lastima que tu corazón se lastime, entonces no vuelvas a transformarte en piedra. Ven la noche siguiente que dejaré abierta mi ventana para que te cueles por ella y en vez de transformarte en el debilucho guijarro sé tu mismo. El hombre del que me enamoré cuando paseaba por un arroyo y en una roca me resbalé.

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