martes, 20 de abril de 2010

Smile

La tristeza me está matando. Veo caer las hojas marchitas de los árboles y siento que es un pedazo de mi alma que desciende lentamente entre corrientes inciertas de aire.
La respiración es lenta y débil, el pecho me oprime y mi cabeza vuela perdida en pensamientos sin importancia como tratando de escapar de la realidad inevitable.
Voy caminando por el parque más cercano a mi casa. Veo pasar los carros por la avenida y me pregunto a donde irán con cierta prisa, cuales serán sus planes y cosas como esas. Veo a los vendedores ambulantes que aprovechan los semáforos para hacerse notar; uno de ellos vende rosas, quisiera que alguien me regalase una rosa ahora y me diese un abrazo fuerte...
Sigo caminando y me topo con distintos personajes, los miro detenidamente y trato de adivinar sus pensamientos con la vaga esperanza de encontrar un complemento a mi ser inseguro.
Voy de regreso porque está oscureciendo, me duele más el pecho. Llego a casa, subo a mi habitación, agarro un dulce y lo degusto despacio sintiendo aquel placer infinito que causa la azúcar sobre las papilas gustativas. Me resigno a esta situación y me tiro en la cama. Al parecer me he quedado dormida y sueño que soy feliz.
No quiero despertar porque presiento que lloraría de nostalgia.

La medicina más escasa y la más insuficiente es la de remediar la mente... Silvio Rodríguez